sábado, 28 de noviembre de 2009

Baraja de estilos

Los naipes, más allá de sus connotaciones relacionadas al juego de azar, tienen un lado poco explorado, el de los personajes representados en ellos y su indumentaria, tema que se tratará a continuación.

Sin embargo el lector posiblemente encontrará una falta de profundidad o algunos datos inexactos debido a la incertidumbre respecto a ciertos personajes o debido a su pertenencia a épocas de las cuales no se tiene mucha información. El siguiente texto tampoco pretende un análisis exhaustivo de cada época, sino que sirve de ejercicio para descubrir cómo vestían los hombres y mujeres a través del tiempo y hacer una comparación entre los personajes ficticios (los de la baraja) y los reales en los cuales se basó el juego.

Tomando como objeto de investigación la clásica baraja francesa, tan popular en la actualidad, podemos descubrir historias y personajes que marcaron su época de origen: la Edad Media. Se especula que estas cartas ya se usaban en los primeros decenios del siglo XV y algunos atribuyen su invención al caballero Etienne de Vignolles, más conocido como La Hire, un comandante militar francés que fue escolta de Juana de Arco en la Guerra de los Cien Años. Este personaje aparece inmortalizado en los naipes al lado de otras figuras consideradas heroicas o legendarias en la Edad Media como Carlomagno, Julio César, Lancelot o Judith, entre otros. Sin embargo, a pesar de estar reunidas dentro de la baraja, estas figuras no fueron contemporáneas tal como lo manifiesta la vestimenta medieval de los siglos XIV y XV que exhiben en las cartas.

En el siglo XIV los hombres usaban una vestidura que cubría desde los hombros hasta la cintura, ceñida y ajustada al cuerpo, llamada jubón. La completaban los calzones de malla, capas sin mangas y sombreros puntiagudos con una pluma en su extremo.

Las mujeres lucían largos faldones de colores claros, ceñidos hasta las caderas y desde ese punto salía una amplia falda. A eso había que agregar un cinturón, las mangas largas y estrechas o mangas que desde el codo caían hasta el suelo, sin olvidar los bordados de oro, piedras preciosas, escotes y capas forradas en piel. Lucían el cabello suelto o recogido en trenzas y solían usar un sombrero cónico, desde el cual salían velos que llegaban al suelo.


Desde principios del siglo XV los hombres empezaron a lucir más la cintura y adoptaron los jubones, corpiños y las calzas enteras. Más tarde los corpiños se transformaron en casacas abiertas adelante, en cuyas mangas se bordaban los escudos familiares. La ropa, tenía colores muy vivos y se empezaron a usar muchas pieles (marta, marmota, armiño), que se incorporaron a las capas y sobretodos. Se comenzó a notar el lujo bizantino en las amplias túnicas y anchos mantos de lana y seda con bordados de oro y pedrería usados por la nobleza. Para cubrir la cabeza usaban el sombrero o casquete cilíndrico o semiesférico, o un turbantillo a modo de pañuelo enrollado.

El vestuario femenino adoptó cada vez más las faldas y jubones que exhibían suntuosos bordados de oro y plata y los complementaron con calzas y cofias terminadas en puntas.





Si bien los personajes de la baraja aparecen con los atuendos antes mencionados, esta imagen no concuerda con su vestimenta real.

Alejandro Magno nació en agosto de 356 a.C. en la ciudad de Pella, capital de Macedonia, actual Grecia. Los vestigios sugieren que este rey usaba una coraza realizada con capas de lino pegadas hasta adquirir el necesario grosor, con dos hombreras y unas láminas llamadas pteriges en la parte inferior, que protegían el bajo vientre. Así lo vemos representado en el famoso mosaico de Pompeya que es una copia romana de una pintura griega realizada en la época de Alejandro o poco posterior.







Otras representaciones lo muestran usando una exómida: se trataba de un vestido corto ceñido a la cintura con un cinturón y atado al hombro con un nudo lo que le permitía mayor libertad de movimientos.





Carlomagno : Es imposible conocer con certeza la fecha de su nacimiento, pero las hipótesis más factibles indican el año 747 o el 748. 

Carlomagno vestía a la manera de los francos: camisa y calzones de lino, túnica con pasamanos de seda; envolvía sus piernas con polainas de tiras, y en invierno se protegía con pieles de foca y de marta. Llevaba una capa azulada y una espada, normalmente acabada en una empuñadura dorada o plateada. En los banquetes, recepciones de embajadores o algunas festividades portaba diadema y vestía ropajes bordados y enjoyados. Bajo esta faceta muestra una clara similitud con el diseño de la baraja francesa, pero por lo general no usaba trajes lujosos, a no ser por raras excepciones.









Julio César (100-44 a.C.): Integró el primer triunvirato para el gobierno romano, junto a Cayo Craso y Pompeyo. Fue el último conductor político y militar de Roma durante la República y murió asesinado por una conspiración en el año 44 a. de C.

Vestía a la usanza del ejército romano, con una túnica corta y portaba elementos característicos de los emperadores y altos jefes de la milicia romana como la coraza de dos piezas (peto y espaldar), adaptada perfectamente al cuerpo y adornada con relieves; sobre ella vestía el paludamentum, especie de clámide larga y holgada que estuvo en uso durante el Imperio y sobre la cabeza una corona de laurel. En cuanto al calzado, usaba botas o sandalias de cuero.







Palas Atenea: En la mitología griega, Atenea o Atena es la diosa de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa. Fue considerada una mentora de héroes y adorada como patrona de Atenas.
 


Es retratada clásicamente vistiendo una túnica larga a la usanza griega, armadura y portando armas de guerrero: un escudo con la cabeza de la Medusa engastada en él, lanza, casco con el símbolo del grifo y un búho posado en su brazo o en su hombro. En retratos arcaicos anteriores que aparecen en vasijas pintadas, la diosa despliega grandes alas de pájaro.


 




Rey David: probablemente nació en Belén de Judea y fue el segundo de los reyes del antiguo Reino de Israel según la Biblia. La cronología bíblica sitúa su vida entre los años 1037-970 a. C.

Sus representaciones lo muestran con la vestimenta que probablemente usaba en tiempos de guerra, una capa color púrpura, tono característico de emperadores a partir del Imperio Romano, y elementos similares a la de oficiales de alto rango de la legión romana: el pecho y la espalda eran protegidos con una loriga o coraza flexible de tiras de acero, y en la parte inferior escamas doradas o láminas metálicas cosidas sobre cuero o alguna tela resistente.






Sir Lancelot: este personaje aparece por primera vez en la leyenda de Arturo “Le Chevalier de la Charrette”, entre 1180 y 1240, y su autor es el poeta francés Chrétien de Troyes. Dado su origen literario la vestimenta investigada corresponde a la época en que fue escrito el texto.



Las prendas que un caballero portaba a finales del siglo XII y comienzos del XIII estaban conformadas por un calzón de lino, al que se ataban las calzas. Sobre estas prendas el caballero llevaba un camisón largo, de lino, o una camisa más corta, del mismo material. Sobre la cabeza llevaba una prenda de color blanco, también de lino, llamada crespina, que servía para que el almófar (la cota de malla que cubría la cabeza y los hombros) no toque directamente la piel. Encima, el caballero vestía el gambesón, un abrigo acolchado que permitía reducir el impacto de las armas blancas sobre el cuerpo durante la batalla.

Sobre éste último iba la cota de malla, una camisa metálica formada por aros de metal entrelazados; era una prenda muy pesada y cara de modo que a menudo era llevada sólo por los nobles. Finalmente, sobre la malla, el caballero solía llevar la veste (o sobrevesta) con los colores y emblemas de su escudo, el almófar, el yelmo (cerrado con rejilla o abierto y con nasal), los guantes de cuero, la espada, el cinturón de cuero, al que se ceñía la vaina de la espada, el escudo (de madera forrada de tela y cantonado de cuero) y otras armas (daga, lanza) que completaban su indumentaria.

El calzado consistía en botas de cuero crudo con suela de cuero endurecido y cordones del mismo material.









Héctor: si bien su historia pertenece a la leyenda y a la literatura, siendo uno de los caballeros de la Mesa Redonda, hay indicios de su posible existencia real. Según algunos textos medievales tardíos, fue un caudillo britano que dirigió la defensa de Bretaña frente a los invasores sajones a comienzos del siglo VI. De esta época datan también indicios de la existencia de Arturo, lo que hace suponer que la vestimenta era menos elaborada y compleja que las representaciones comúnmente conocidas que se hacen de ellos.

A fines del siglo V caía el Imperio Romano Occidental y se iniciaba la Alta Edad Media; gran parte de la cultura y organización romana desaparecieron y dieron lugar a una cultura más bárbara. En esta época todavía no existía el concepto de caballero tal como apareció en el siglo XII y que se regía por normas y principios específicos; debido a las invasiones anglo-sajonas, la vestimenta británica probablemente mostraba una influencia de estos pueblos germánicos.






En el siglo VI la indumentaria fue de alguna forma la precursora de la compleja y ampliamente conocida vestimenta caballeresca. Cuando se preparaban para el combate, los guerreros lucían una pesada túnica de lana, sobre la que primero se colocaban la cota de malla y la bandolera, que pendía del hombro derecho. Se cubrían la cabeza con un yelmo de hierro y usaban botas y cinturón de cuero del que colgaba la pesada espada; sus pantalones eran de lino grueso y se cubrían con un manto de lana, atado en el hombro derecho con un broche.
 






Holger el Danés: fue un héroe de la leyenda danesa que apareció inicialmente en las canciones de gesta “La legende de Charlemagne” con el nombre de Ogier de Danemarch. El escrito cuenta que viajó para batallar con Carlomagno y regresó a Kronborg al tener la intuición de que el enemigo invadía su país, en el siglo IX.
 




Las exploraciones arqueológicas pertenecientes a este siglo sacaron a la luz las armas y vestimenta de esa época. Los vikingos usaban espadas, escudos de madera con una aplicación de hierro en el medio para proteger las manos, lanzas, hachas y arcos con flechas; el yelmo y la armadura con la cual son representados en los grabados modernos eran sumamente raros. En cuanto a los cascos metálicos, la cota de malla y el equipamiento complejo eran muy caros y sólo se los podían permitir los miembros de la nobleza o las tropas de élite en la fase final de la era vikinga. Nunca se encontraron vestigios de cascos con cuernos, elemento símbolo de esta sociedad.



Judith: Desde el periodo macabeo en el siglo II a. de C., la figura de Judith encarna la representación de la mujer heroica y pura capaz de vencer, precisamente en virtud de sus atributos, a su feroz enemigo Holofernes (general del rey asirio Nabucodonosor).

La historia pertenece al Antiguo Testamento; Bethulia estaba bajo el asedio del ejército asirio al mando del general Holofernes. Una bella viuda llamada Judith acompañada de su criada entró al campamento enemigo diciendo que había desertado y después de un banquete decapitó a Holofernes mientras dormía. Su cabeza fue llevada a Bethulia y de esta forma el ejército asirio fue derrotado.





Si bien hay pocos vestigios de ello, la vestimenta de esta heroína probablemente mostraba una influencia romana: una larga y holgada túnica con pliegues que llegaba hasta los tobillos y se abrochaba en el hombro. Sobre ella vestía un manto que se usaba generalmente enganchado al cabello formando un velo trasero; se podía usar como chal, bufanda o para cubrir la cabeza. Encima tenía una capa que empezaba en los hombros y terminaba en los pies, cubriendo los brazos.
 






La Hire (1390–1443): En las representaciones encontradas este comandante francés aparece vestido con indumentaria del siglo XIV o con la armadura de los caballeros medievales.




Usaba jubón, calzones de malla, capa sin mangas, zapatos puntiagudos y un sombrero cilíndrico o semiesférico, o un turbantillo a modo de pañuelo enrollado, mostrando una cierta similitud con la imagen del naipe.





Rachel: proveniente de una familia de pastores, fue la esposa preferida de Jacob, uno de los tres patriarcas bíblicos del Antiguo Testamento.





La información que llega a nuestros días manifiesta indicios de la vestimenta de los pastores del antiguo Israel que vestían largas túnicas, ocasionalmente sujetas a la cintura. Otras fuentes completan esta información mencionando que la indumentaria no mostraba diferencias marcadas para hombres y mujeres y estaba hecha de tejidos de lino y lana, teñidos con tintes vegetales.

Este tipo de vestimenta se mantuvo inalterado por siglos. Tanto los hombres como las mujeres usaban una especie de túnica llamada halug, que se podía recoger en el hombro o meter en la cintura dependiendo de la actividad a realizar. La túnica se usaba con un cinturón de metal o cuero, según la riqueza del portador. Encima del halug a veces se usaba una capa con bordes decorados.

Las mujeres solían recoger su cabello en un pedazo de tela que servía para mantener el peinado o para protegerse del calor.





Argina: probablemente anagrama del latin Regina. No se sabe con exactitud quién es el personaje que inspiró el naipe, pero en el caso de esta investigación se tomó como referencia a una de las mujeres más ricas e influyentes de la Edad Media: la Duquesa Eleanor of Aquitaine (1122 –1204).



Eleanor se casó con Luis VII convirtiéndose en reina de Francia. Después de la disolución de este matrimonio se casó con Henry II, llegando a ser reina de Inglaterra.

Participó en las cruzadas en donde aparecía como una verdadera reina guerrera: exquisitamente vestida, con sandalias doradas, armada con hacha y lanza, cabalgando sobre un caballo blanco. Adoptó el nombre de la "Dama de la bota dorada".



Otros retratos la muestran con la imagen de las mujeres religiosas de aquella época: un atuendo ajustado al cuerpo (el kirtle) y encima un manto. Debajo de la barbilla usaba una tela llamada barbette, símbolo de las mujeres casadas y adicionalmente lucía un pañuelo que cubría el cuello y los hombros, sujetado sobre la cabeza con un círculo de oro o con la corona dorada.
 










miércoles, 28 de octubre de 2009

El botón oculto

“…cortó los botones de las mangas, así como los que lo cerraban por delante, y después rasgó por completo los ojales…”
Louis Pergaud - La guerra de los botones


Casi ovidado por la moda y mostrando más que nunca su lado funcional, el botón es una pieza que, así como otras partes de la indumentaria, tiene un pasado glorioso y complejo a pesar de su aparente insignificancia.

Los primeros botones (o sus precursores) aparecieron por primera vez en la Prehistoria y estaban hechos de oro, huesos o barro; algunos eran planos, otros con diseños grabados. Su función no queda del todo clara, pero se especula que era meramente decorativa.



En el siglo XIII se inventó el ojal y aparecieron los primeros gremios de fabricantes de botones, con lo cual se popularizó su uso, volviéndose un negocio rentable.



A inicios del siglo XIV se empezaron a lucir vestimentas más ceñidas al cuerpo. Las mujeres acentuaban la cintura, usaban mangas que conectaban el codo con la muñeca y aperturas en los atuendos a través de las cuales se vislumbraba la piel. Esto llevó a una censura por parte de la iglesia porque los botones “dejaban abiertas las puertas del infierno”. En cuanto a los materiales, para su elaboración se usó el metal o telas exquisitamente bordadas (nació la pasamanería) y también oro y gemas. Esto generó y mantuvo las diferencias sociales porque inevitablemente los botones se volvieron símbolo de status y distinción. Muchos plebeyos no podían acceder a las costosas piezas bordadas de la aristocracia y además les era prohibido hacerlo por decreto real.


 
 
  
En el siglo XVI invadieron la ropa de la aristocracia decorando los sombreros, camisas, mangas y sacos de hombres y mujeres. Eran pequeños, hechos de esmalte, oro o plata y decorados con finísimas perlas, diamantes, rubíes y esmeraldas. Se dice que el rey Francis I de Francia tenía un atuendo adornado con 13.600 botones, mientras que el Rey Sol, Luis XIV prefería los botones de oro con piedras preciosas que repartía entre sus amantes. El rey Charles I de Inglaterra no se quedó atrás popularizando el uso de pañuelos adornados con botones enjoyados.




Frente a este lujo extremo, las clases inferiores, en su afán de imitar a la realeza, tenían que contentarse con botones de hueso, madera, cobre, bronce, cuero o vidrio.

Si bien en el siglo XVII los botones seguían siendo pequeños y numerosos, eran usados solo por los hombres, ya que las mujeres abrochaban sus atuendos con lazos y cintas.



Durante el siglo XVIII los botones se convirtieron en verdaderas obras de arte, siendo elaborados por artesanos de todos los oficios: desde pintores y ceramistas hasta orfebres y tejedores.






A inicios del siglo XIX el mundo se vio invadido por una percepción más práctica y estos accesorios se volvieron más funcionales. Prevalecieron los botones dorados como forma de expresión del apogeo del metal. 



A pesar de que pugnaron por mantenerse como pequeñas obras de arte exhibiendo motivos de fábulas y óperas, como niños, flores y pájaros, con la Revolución Industrial se inventaron nuevos materiales y la producción en masa disminuyó la calidad de las piezas. Aparecieron nuevos materiales y por consiguiente botones hechos con vidrio, caucho (fabricados por Goodyear) y materiales vegetales que dejaban atrás los días de gloria. 





Pero los botones más extendidos durante el siglo XIX fueron puestos de moda por la Reina Victoria, que tras la muerte del príncipe Alberto en 1861 entró a un prolongado periodo de duelo, usando atuendos oscuros y botones de vidrio negro.



Hacia finales del siglo XIX los hombres ya no marcaban la pauta en el uso de botones de lujo, sin embargo las mujeres cambiaron sus atuendos aburridos por otros más coloridos y con botones extravagantes de vidrio, madreperla o esmaltados.


 

A inicios del siglo XX el botón de cuatro huecos adoptado por los hombres disminuyó su función y sus posibilidades decorativas. Esto ocurrió dentro del marco de la Primera Guerra Mundial, cuando se volvió popular, tanto para hombres como para mujeres, el traje austero de inspiración militar.



La gracia y la notoriedad le fue devuelta a los botones con el auge del movimiento surrealista, cuando aparecieron guiños humorísticos resaltando claramente su función decorativa. Elsa Schiaparelli creó prendas adornadas con botones en forma de langosta, payasos y acróbatas que centraron de nuevo la atención en estas piezas.



Actualmente la producción masiva borra de alguna manera un pasado marcado por la distinción de clases y de géneros, por modas y momentos históricos que ensalzaron el botón, haciéndolo sumergirse hoy en el olvido llamado funcionalidad.



FUENTES:
-Dictionary of fashion and fashion designers - Thames & Hudson
-A History of the Button by Roy Earnshaw
-www.antiquebuttons.nl
-www.buttonsthroughtime.blogspot.com
-www.bysonbuttons.com

lunes, 12 de octubre de 2009

Estética y cuentos infantiles


Todos hemos leído alguna vez los cuentos de Andersen o Grimm y hemos soñado con ilustraciones que nos hacían viajar a mundos mágicos habitados por personajes inolvidables. Pero más allá de adornar y completar estas historias atemporales, las gráficas de los cuentos infantiles son también un reflejo de la estética, los ideales de belleza y la moda de la época en las cuales fueron elaboradas, convirtiéndose casi en ilustraciones de moda. Para ejemplificar esto se tomaron como referencia diseños realizados en un periodo que abarca desde fines del siglo XIX a inicios del siglo XX.
En el siglo XIX los cánones de belleza estaban determinados por el ideal estético victoriano referido al “ángel de la casa”. La tez blanca, los cabellos rubios y la apariencia celestial estaban asociados a la virtud, a la bondad y a la nobleza de espíritu. En contraposición, los cabellos oscuros aludían a personajes que muchas veces escondían tras una bella apariencia sentimientos negativos. Un ejemplo es Rapunzel o Blanca Nieves, personajes etéreos e inocentes en oposición a la bruja o reina mala de cabellos y corazón sombrío.



 

En cuanto a la vestimenta, los ropajes de las reinas y princesas reflejaban en algunos casos tendencias medievales o renacentistas, probablemente por la fascinación y la imagen idealizada que se tenía de esas épocas a inicios de siglo XX. En los cuentos vemos vestidos amplios, de cintura baja, mangas alargadas, capas profusamente decoradas y tocados o sombreros en punta.




En otros casos como en el cuento Barba Azul la protagonista luce un vestido de influencia Belle Époque, lleno de ornamentos, con mangas voluminosas y falda amplia.



En una de las interpretaciones de la Bella y la bestia la princesa usa un turbante y un atuendo perteneciente al movimiento Art Deco muy de moda en los años 1910; mientras que en Los seis cisnes, la heroína principal muestra una clara influencia del orientalismo cuyo auge comienza con la puesta en escena del ballet Scheherezade, en París. Gracias a la popularidad de lo exótico se observa también una reivindicación de las cabelleras negras para los personajes positivos.


 

Pero la vestimenta no solo cumplía fines estéticos, también era un símbolo de status y servía para mantener las diferencias de clases. Cenicienta no podía acudir al baile por no tener la ropa adecuada, situación que cambia al obtener el mejor atuendo del reino, pasando así de sirvienta a princesa gracias a un vestido.



De esta forma vemos una vez más que la estética es interpretada de acuerdo a momentos y lugares determinados y que se manifiesta también en ámbitos inusuales como los cuentos infantiles.

viernes, 2 de octubre de 2009

Escaparates para la imaginación

Los escaparates siempre estuvieron relacionados con el desarrollo de la actividad comercial en distintas épocas. Si bien las primeras actividades para anunciar los productos datan de la antigua Babilonia, recién con la aparición de la imprenta en el siglo XV se extendió el uso de rótulos y avisos publicitarios, mientras que la aparición de las primeras tiendas especializadas en el siglo XVIII llevó a la creación de los primeros maniquíes de mimbre y cera.

 En el siglo XIX, con la revolución industrial, aumentó la demanda y la producción de bienes y abrieron sus puertas los grandes almacenes con espacios abiertos y bien iluminados. Junto con la electricidad apareció también la figura del escaparatista, que era el encargado de mostrar los artículos a la venta sobre maniquíes provistos de cara y extremidades.



Durante la primera mitad del siglo XX las tiendas vendían lo que los clientes demandaban y el escaparate se usaba para mostrar los productos de la tienda, sin ningún criterio de exposición o agrupación.




A medida que fue pasando el tiempo y la competencia aumentó, el escaparate fue viéndose más como una técnica publicitaria y se empezó a valorar su lado estético. La forma de presentar los productos tomó protagonismo sobre todo a partir de los años 70 cuando los comercios se volvieron más especializados y con una imagen más cuidada.



En los 80 y 90 hubo una revolución de la imagen comercial junto con el desarrollo del diseño, el marketing y el merchandising que sentó las bases del escaparatismo actual.

Si bien hoy los escaparates usan técnicas más elaboradas (iluminación seductora, materiales innovadores, composiciones sorprendentes) siguen cumpliendo la función de informar y de atraer al consumidor al interior de la tienda.



Según Leila Menchari, directora de Decoración de Hèrmes, un escaparate es "una historia de seducción, porque el acto de comprar provoca, sobre todo, placer. Felicidad que uno se regala a sí mismo". El objetivo primordial es "a la vez que se enseña el producto, transmitir una serie de valores a los usuarios, ya sean emocionales o de otro nivel de comunicación". Así se crea una identificación y una conexión casi hipnótica con el espectador que se detiene seducido ante un mundo mágico, descontextualizado, que envuelve los productos con historias de humor, sensualidad y fantasía.


 
 
 



Esta atracción provoca el deseo y la ilusión de que se puede traspasar la luna del escaparate y tener el producto. Pero entonces, en la mayoría de los casos, la magia se desvanece al toparse con la barrera del cristal. En otros casos las nuevas tecnologías desaparecen los límites físicos mediante la incorporación de pantallas a través de las cuales se pueden pedir los productos o visualizar las últimas tendencias de la moda.

 

Pero hasta que esta tecnología se masifique seguiremos soñando frente a los escaparates.